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APARTADO HISTÓRICO-BIOGRÁFICO

Histórico
Histórico

HISTORIA

Situada en el flanco oriental de la Llanada Alavesa, próxima a la carretera de Madrid a Irún, aparece la localidad de Ezquerecocha. Aunque esta población no aparece relacionada entre las localidades que contribuían al monasterio de San Millán sí que podemos fechar su topónimo en 1040 gracias al apellido de los firmantes de una donación a San Juan de la Peña llamado “Beila Gonzalvez de Eskerecocia”. En 1257, figuraba con el nombre de “Ezcarococha” en el arciprestazgo de Eguílaz como se recoge en la carta del Obispo Jerónimo Aznar.

 Durante la Edad Media, Ezquerecocha formó parte de las localidades que se veían afectadas por la llegada de peregrinos que seguían los caminos jacobeos desde muy diversos y dispares lugares de Europa. El peligro en los caminos se advertía desde el paso de San Adrián. En 1628, Baltasar de Monconys decía que este paraje era muy peligroso “por los robos y crímenes que en él se cometen; un flamenco fue asesinado allí quince días antes de que pasáramos nosotros”. Albert Jouvin, en 1672, advertía de la conveniencia de hacerse acompañar de mulateros o arrieros a la hora de pasar por lugares apartados y peligrosos y, en 1725, el barón de Pöllnitz declaraba abiertamente que el camino hacia Bilbao era montañoso, “no se ven sino montañas y muchos bosques que sirven de refugio a los ladrones”. Estos viajeros, provenientes de Salvatierra y Zalduendo tras haber atravesado el puerto de San Adrián, tomaban el camino que, en la actualidad, se dirige por el ramal del ferrocarril de Madrid a Irún para alcanzar las parroquias (luego convertidas en ermitas por efecto del despoblamiento de muchas localidades) de San Juan de Arrarain y la Virgen de Ayala. Antes de salir de Ezquerecocha, como muy bien lo apunta Micaela Portilla, encontraban el lugar de “Sojuela” donde se encontraba una ermita dedicada a la Magdalena. Mucho tiempo después, al estar situada esta localidad en el camino de Francia pasaron por ella las tropas en retirada la noche del 21 de junio de 1813 después de la batalla de Vitoria. A través de los libros parroquiales sabemos que el cura de Ezquerecocha explicaba como los franceses se dirigieron a  la casa cural y a la iglesia y, rompiendo las puertas, se llevaron lo que encontraron de interés.

 Ezquerecocha perteneció a la hermandad de Iruraiz aunque hoy en día se encuentre incluida en la de Barrundia. Esta localidad formaba parte de los territorios jurisdiccionales que ostentaba el Duque del Infantado. Navagiero decía en 1528 que muchos “de los lugares son del Duque del Infantado, que tiene, según dicen, por vasallos aquí más de cinco mil vecinos, y los demás pueblos son de otros señores”. En el viaje europeo de 1777 de José Viera y Clavijo, al salir por Álava, afirmaba que salieron a cumplimentarle “varias diputaciones del Solar de la Torre de Mendoza, y de los pueblos llamados de las seis hermandades, como vasallos del Estado del Infantado”. A mediados del siglo XVI, el Licenciado Martín Gil atribuía a Ezquerecocha un volumen poblacional de unos veinticuatro vecinos. Su iglesia contaba con un nutrido grupo de cinco beneficiados (tres de ración entera y dos de media). El número de sacerdotes adscritos a una iglesia se concretaba en base a la capacidad de ésta, es decir, de las rentas que ingresaba cada parroquia. A partir de tales ingresos se definía el número de beneficiarios a ración entera (esto es, que podían mantenerse decorosamente con parte de los ingresos de la parroquial) o de media ración. Este volumen de beneficiados resulta un significativo dato que muestra la riqueza de la localidad y el alto conjunto de rentas que explotaba su iglesia parroquial.

 En 1570, el censo mandado elabora por el Duque del Infantado con motivo de reclutar tropas para ayudar a sofocar el levantamiento morisco de Granada muestra, como era de esperar, unas cifras semejantes. Ahora bien, en 1709, apreciamos cómo el volumen demográfico de esta localidad había descendido hasta los diecisiete vecinos pagadores y, en 1775, a dieciséis. A principios del siglo XIX se aprecia una ligera recuperación que supera escasamente las cifras recogidas en el siglo XVI (veinticinco vecinos). Durante todo el siglo XIX y la primera mitad de la siguiente centuria, los datos de los recuentos de población, censos y vecindarios hablan de un volumen estancado alrededor de los cien habitantes. A partir de los años setenta del siglo XX se ha vuelto a apreciar otro descenso significativo que, según el censo de 1981, lleva a concretar la existencia de solamente doce vecinos. En la relación de los testimonios imprescindibles para confirmar la nobleza y así ingresar en la Orden de Santiago, en 1655, por Pedro López de San Román, los informadores se encontraron con el escollo de que una gran parte de los posibles testigos necesitaron de intérpretes para hacer sus declaraciones. El idioma natural de la mayor parte de la población seguía siendo a mediados del siglo XVII el euskera. En Ezquerecocha, aquel mismo año, se informaba de que todos los vecinos hablaban “en bascuence muy cerrado, sin hablar palabra de castellano”.

 Los habitantes de Ezquerecocha se dedicaban fundamentalmente a la agricultura y ganadería. La principal producción, el sustento de estas familias de labradores, se concretaba en trigo, cebada, avena, maíz y habas. Auxiliaban esta producción con una cierta cría de ganado vacuno, caballar y lanar que también se aprovechaba de los montes y terrenos comunales próximos. En su término y montes se cazaban animales de variadas especies como perdices codornices, liebres y otros. La reducida cría de caballos y de ganado vacuno se acompañaba de la principal actividad productiva de esta zona: la explotación cerealística. A pesar de los índices positivos de principios del siglo XVI, la realidad es que la mayoría de los pequeños propietarios alcanzaban unos rendimientos productivos muy limitados. Tal era así que, con gran frecuencia, sobrepasaban con dificultad los niveles de subsistencia. En 1495 encontramos un litigo entre Martín González de Alaiza, vecino del lugar de Ezquerecocha, por una mula que la alquiló Juan Miguelez de Echalet, vecino de Villarreal de Urrechu (Guipúzcoa), para el transporte de trigo a su tierra. En el último cuarto del siglo XVIII, entre 1776 y 1777, Prudencio Sáenz de Garay, beneficiado de Chinchetru, litigó por el impago de ciertas cargas de grano contra Sebastián García de Andoin, vecino de Ezquerecocha.

A pesar de la presencia de un Arca de Misericordia, destinada a resolver los problemas de abastecimiento y, sobre todo, de la guarda de grano para la siembra, frecuentemente los agricultores de Ezquerecocha se veían obligados a tener que entrar en la llamada “espiral del crédito”, es decir, a pedir préstamos pecuniarios o en especie para mantener sus pequeñas haciendas. Habitualmente, una de las soluciones más manidas desde el siglo XVI hasta el XIX se concretó en la fundación, con ayuda de particulares, de un Arca de Misericordia donde los vecinos de estas localidades iban incluyendo pequeñas porciones de trigo a fin de poder utilizarlas cuando se produjesen malas cosechas o catástrofes naturales.

El aprovechamiento de montes y bosques se presentaba como recurso básico en el equilibrio de estas economías de subsistencia. Por ello, una de las principales preocupaciones de las autoridades locales consistía en la defensa a ultranza de cualquier accidente que se pudiese producir en estos terrenos comunales. Los problemas sobre abusos cometidos contra los montes y bosques comunales de Ezquerecocha y otras localidades se presentan como uno de los problemas o circunstancias más comunes en estos pueblos. A fin de evitar algunas de estas penosas y costosas disputas, las propias localidades intentaban definir claramente cuáles eran las zonas de estos espacios de aprovechamiento comunal que correspondían a cada uno de los pueblos usufructuarios. Entre 1627 y 1633, ante los tribunales de la Real Chancillería de Valladolid se dirimió un costoso y complejo pleito formulado por la queja de Pedro López de Aberásturi, vecino de Arrieta, contra otros vecinos de Ezquerecocha así como el común de los parzoneros de la Hermandad de Iruraiz  por los daños causados por los últimos en el monte Gomezbo al utilizar un camino de servidumbre. Las tierras comunales y los montes servían expresamente para financiar, siempre con ciertas dificultades, las necesidades de la enseñanza primaria en estas pequeñas localidades de la Llanada alavesa. Igualmente, los recursos forestales de los montes comunes de Ezquerecocha sirvieron durante varios siglos para financiar los gastos provenientes del reparo de los puentes y del camino del molino.

En este sentido, al igual que acaecía en un gran número de localidades rurales alavesas, desde fines del siglo XVI y hasta otro tanto del XIX, sus habitantes se vieron obligados continuamente a establecer diversas concordias concernientes a la explotación de los pastos existentes estos terrenos comunales. Básicamente, se trataba de disposiciones normativas encaminadas a regular los problemas derivados de las capturas y/o apresamientos de ganado que se encontraba alimentándose en lugares prohibidos para ellos. De este modo, a lo largo de varios siglos, se fueron estableciendo continuos acuerdos sobre las penas y las prendarias del ganado mayor y menor. En 1819 se planteó un arduo enfrentamiento entre los ayuntamientos de Ezquerecocha y Chinchetru contra los de Gaceo y Langarica en relación al aprovechamiento de pastos comunales.

 La iglesia parroquial de Ezquerecocha se halla bajo la advocación de San Román. Esta iglesia era muy rica a juzgar por el número de beneficiados que la servían lo cual puede explicar la erección de un bello retablo de piedra unas décadas más tarde. La portada de la iglesia es románica de finales del siglo XII o principios del XIII. La fábrica del templo es rectangular con cabecera ochavada y un tramo de bóveda con sus nervios cruzados en diagonal completando la cubierta del presbiterio. Destaca la pervivencia de una serie de vanos del siglo XIII (ventanal del presbiterio y de la cabecera del templo).

No debemos olvidar que desde las torres de las iglesias alavesas se media el tiempo y las actividades tanto del campo como de lo espiritual de los habitantes de estas localidades. Hasta la llegada y, sobre todo, profusión del uso de los relojes desde estos campanarios se iban indicando los fallas de cada día. Las actividades sociales más frecuentes de estas pequeñas localidades también se indicaban y medían mediante el tañido de las campanas de estas iglesias (nacimientos, funerales, llamadas a misa, toques de difuntos, etcétera). Por último y no menos importante, la presencia de elementos o situaciones peligrosas (incendios, tormentas, accidentes) se informaban a través de este metálico sonido. La torre es cuadrada, de mampostería, con buena sillería en los  esquinales y en las cornisas molduradas. En 1790, el maestro Simón de la Cuesta fundía una campana para esta torre campanario. También contaba la Condesa de Aulnoy, en 1692, que al cuidado de los caminos se añadía el de “repicar sin cesar las campanas para indicar a los viajeros los lugares a que pueden retirarse en caso de que el tiempo empeore”.

El retablo, la Biblia de todos los oficios religiosos, el centro de las miradas de los feligreses, el espejo de la riqueza o de la austeridad de una u otra comunidad se presenta como uno de los ornamentos más relevantes de estas pequeñas iglesias. El retablo mayor, de estilo plateresco, está decorado únicamente con cabezas de ángeles, figuras humanas y frutos naturales siendo atribuido a Pierres Picart (1563). Aunque de menor relevancia artística tampoco podemos dejar de comentar la presencia de varios retablos laterales dedicados a la Virgen del Rosario y a San Isidro.

En cuanto a la platería, quizás junto al retablo uno de los elementos más suntuarios de estas iglesias parroquiales y, sobre todo, uno de los elementos que más podía atraer el interés poco bondadoso de los ladrones o de las tropas que, sobre todo durante el siglo XIX, recorrieron las tierras alavesas. Referente a Ezquerecocha cabe decir que su iglesia contaba con el ornato de una custodia de metal plateado (encargada tras el saqueo del templo en 1813 cuando desapareció otra custodia que pesaba tres libras de plata), varios relicarios y una rica cruz de plata que también desapareció tras la batalla de Vitoria (21 de junio de 1813).

Antes de salir de Ezquerecocha se encontraba en el lugar llamado “Sojuela” una ermita dedicada a la Magdalena, cuya existencia constaba desde 1654, santa ésta especialmente venerada en las rutas de peregrinación hoy desaparecida. En las cercanías de Ezquerecocha también encontramos otros edificios importantes a la hora de entender la constante influencia de las creencias religiosas populares de los habitantes de estas localidades. No podemos nunca olvidar que estas ermitas eran unos lugares idóneos usados por contrabandistas, ladrones, gitanos, buhoneros, etcétera que buscaban refugio en ellas con fines bien dispares. Esto es, unos para huir de la justicia y otros para refugiarse de la acción de los malhechores. En 1654 se redactaron las ordenanzas de la Cofradía de la Magdalena que celebraba su fiesta particular el primer domingo después de la Natividad. El 11 de junio de 1655 se aprobaban estas ordenanzas que incluían algunas indulgencias a quienes participasen de sus celebraciones. La ermita se reconstruyó para mediados del siglo XVIII con parte de los restos de otra ermita llamada de San Andrés. La Cofradía de la Magdalena siguió existiendo hasta incluso después de la demolición de la ermita.

 

BIOGRAFÍA

ELOSU, Francisco de (Siglos XVII-XVIII): Alcalde de Hermandad.
Natural de Ezquerecocha. En las Juntas Generales celebradas en Vitoria el 31 de agosto de 1713 se le confirmó en el empleo de Alcalde de Hijosdalgo de la Hermandad de Iruraiz.

GARCÍA DE ANDOIN, Bartolomé (Siglo XVIII): Alcalde de Hermandad.
Natural de Ezquerecocha. En las Juntas Generales celebradas en Vitoria el 16 de enero de 1777 se le confirmó en el empleo de Alcalde de Hijosdalgo de la Hermandad de Iruraiz.

LÓPEZ DE ILÁRRAZA, Domingo (Siglo XVII): Alcalde de Hijosdalgo.
Natural de Ezquerecocha. En las Juntas Generales celebradas en Vitoria el 22 de noviembre de 1668 se le confirmó en el empleo de Alcalde de Hijosdalgo de la Hermandad de Iruraiz.

OCHOA, Miguel (1564-¿?): Coselete.
Natural de Ezquerecocha. Participante en el alarde o reclutamiento de tropas efectuado en 1589 por Álava, a la edad de 25 años (con “pica y coselete entero con todas sus pieças”). Presentado como Coselete al alarde bajo el mando del Procurador de la Hermandad de Iruraiz, Juan López de Alegría, junto a otros quince jóvenes.
 
Apartado documental: fuentes de archivo y bibliografía

 

BIBLIOGRAFÍA

 

FUENTES DE ARCHIVO

(A)rchivo de la (R)eal (CH)ancillería de (V)alladolid. Registro de Reales Ejecutorias.

Legajo nº 92/8.
ARCHV. Pleitos Civiles. Escribanía Alonso Rodriguez. Caja nº 927/12.

Legajo nº 57.
ARCHV. Pleitos Civiles. Escribanía Fernando Alonso. Caja nº 1.831/3.

Legajo nº 376.
ARCHV. Pleitos Civiles. Escribanía Fernan do Alonso. Caja nº 960/4.
(A)ctas de (J)untas (G)enerales de (Á)lava. Libro nº 17. Fols. 137r.-144r.
AJJGGA. Libro nº 43. Fol. 190r.
AJJGGA. Libro nº 26. Fol. 76v.
AJJGGA. Libro nº 17. Fol. 307v




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